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  • Zulma Moreyra

Un Mundo Verde

Actualizado: 19 de oct de 2018


La simpleza de las hierbas, la belleza y la majestuosidad de una flor, en un simple acto de vida.


No siempre amé el mundo verde, hubo un tiempo que me alejé de él y casi creí desconocerlo. No comprendía absolutamente nada de lo que lo rodeaba y como siempre, la vida te pone ángeles en el camino.


Así fue que mi amiga Laura un día me dijo “Venite a vivir a mi casa que me tengo que ir, alguien se tiene que encargar de las plantas”, y sus plantas eran tan salvajes como ella. Recuerdo que no tenían orden, un día eran pequeñas y al otro día mismo era una selva. Ella amaba las plantas viejas, su casa rodeada de hemerocalis, azucenas, lirios, jazmines, fresias, violetas, todas floridas, fue mi reencuentro con la vida misma. El compromiso de cuidar de sus amores era muy grande, tenía mucho temor de no poder cumplir, pero ellas me enseñaron. Igual nunca logré un orden en ese jardín, las plantas hacían lo que querían y crecían como habichuelas mágicas.

Fue ahí cuando apareció otro ángel en mi camino, Claudia, quien tenía un vivero donde yo me acoplé con artesanías. Mi compromiso era atender el vivero a la mañana, pobre plantas, pobre Claudia, recuerdo que con ella aprendí sus nombres y sobre todo la cuestión del agua. Con qué paciencia mi amiga me explicaba amorosamente “esta necesita mucha agua, esta otra solo un poco”, varias murieron bajo el escándalo de mi manguera, “¡con lluvia como la del cielo, no a chorro como los bomberos!”, decía mi amiga. Con ella aprendí a hablar y comunicarme con las plantas y a ver esa simple belleza en cada una. Así fue llegando mi tiempo de un hogar nuevo en las afueras de la ciudad, llené mi casa de plantas y realmente estaban hermosas. Ese verano disfruté de mi jardín, pero el crudo invierno llegó, las heladas hicieron lo suyo y todo quedó seco, en apariencias muerto. Al regresar la primavera muy pocas volvieron a brotar, de todos modos yo mantenía la secreta esperanza de que iban a brotar más, las regué con agua y rezos, las acaricié. Les hice ver que yo esperaba más de ellas, y pasó el milagro de la vida, mis plantas la gran mayoría retoñaron, y esa primavera mi jardín me dio la gran lección de mi vida.

Cuántas veces creemos que todo está perdido, que no hay ya nada por hacer, y con fe, amor y confianza además de lo usual, agua en este caso, podemos hacer milagros. La vida es una danza maravillosa donde todo nace, crece, da lo mejor de sí y muere para volver a nacer y continuar danzando. Esto me enseñó mi jardín, y desde ahí yo danzo en la vida, como mi jardín.


Hoy no hay recetas, solo los invito a disfrutar de la belleza otoñal de este mes de abril. Con amor. Zulma.

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