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  • Zulma Moreyra

La Tetera De Porcelana

Actualizado: 19 de oct de 2018


Debo confesar que tengo debilidad por los objetos antiguos, más aún por aquellos que conllevan una historia.


Hace algún tiempo, caminando por una ciudad preciosa que quiero mucho, me topé casi sin querer con una gran feria de antigüedades, mi corazón repiqueteaba y me sentía cual niña frente a un kiosco, con la sensación que siento en una librería o en las herboristerías de Uruguay, donde nunca sé que comprar, aunque con la certeza de que de allí saldré con las manos llenas y una sonrisa en el alma. Era una mañana preciosa de marzo, esas en las que el sol se cuela por los árboles y produce efectos mágicos. Me paré frente a un puesto, clavada como el marcador del termómetro. Del otro lado del mostrador había mucho movimiento, cuando de pronto de una de las cajas sale una señora antigua como las cosas que vendía —jorobada, pálida, de rasgos finos y delicados— saludando y ofreciendo: “Buenos días, podés consultar si te interesa algo”. Yo saludo y levanto la mano hacia una tetera de porcelana que simplemente de verla me enamoró, hacía tiempo que había expresado mi deseo por tener una. Como en el universo todo es perfecto, me encontré acariciando una tetera de porcelana con un cartel que marcaba “250 labrada en oro”. El momento fue mágico, la toqué y me transporté, vi claramente un grupo de mujeres mayores, de cabellos blancos, muy coquetas pero anticuadas, jugando a las cartas sobre una mesa grande de caoba haciendo juego con otros muebles y la tetera junto a sus tazas en funcionamiento.

Escucho como a lo lejos una voz que me decía: “Yo soy de Victoria, Entre Ríos, soy profesora de Historia, me vine a vender las cosas de mi familia porque todo esta tan caro…”, el diálogo continuó: “¿Cuánto sale la tetera?, ¿250 dólares?”, pregunté con mucho temor cortando la conversación de la puestera. La mujer pronto respondió: “No. 250 pesos argentinos, y está labrada en oro, también viene con las tacitas y…”, yo ya no escuchaba. Nuevamente, en aquel caserón observaba como las mujeres se movían rápido después de una llamada telefónica —el teléfono cuadrado negro con disco— las cuatro mujeres se subieron a un Peugeot 504 marrón, dejando en la mesa la tetera servida. Una de ella manejaba, tuve claramente la sensación de que nunca más volvieron. “Si no tiene dinero, se lo puedo dejar en 200 pesos, o 180”, continuaba diciendo la vendedora. Sólo escuché esto último, a lo que le respondí que en 200 estaba bien, no necesitaba más rebajas. Me envolvió feliz el juego mientras continuaba hablando que quién sabe qué.

La sorpresa me la llevé en mi casa cuando al desembalar, con mi mamá, encontramos las tazas y la tetera manchada de té y la azucarera con azúcar negra y cristalizada, seca como si se hubiese quedado en el tiempo. Así, y gracias a esta maravillosa e intuitiva compra, llegó el té chai a mi vida, como una receta de invierno para energizar la familia y movilizarla en las mañanas. Te invito a que la disfrutes visionando viejos o nuevos tiempos en tu vida.



Té chai Hierve agua en una pava. Coloca en la tetera: – 2 cucharadas de té verde

– 1/2 rama de canela – 5 semillas de cardamomo verde – 2 clavos de olor – 1 cucharada de jengibre rallado

Por último agrega el agua hervida en la tetera y disfruta del aroma activador de este té milenario. Bendiciones.

Zulma.

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